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Pedro Iturralde: Toda Una Vida

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por Rafael Marfil

Es una satisfacción amar un instrumento musical y dedicarle toda una vida. Se convierte en parte de ti, y te ofrece tantos malos ratos como buenos, los primeros sobre todo en las décadas iniciales de aprendizaje. Porque en música el tiempo tiene otro valor, y las trayectorias se ordenan en décadas. Además, es imprescindible dedicación absoluta. No resulta exagerado, por tanto, hablar de “toda una vida”. El gran Pau Casals unió su nombre para siempre al violonchelo, igual que Paco de Lucía tendrá para la historia esa vinculación tan emblemática con la guitarra flamenca. Pedro Iturralde es y ha sido todo en el mundo del saxofón, un instrumento que aún está penando en el ámbito clásico por lo tardía de su aparición, ya que fue inventado en 1846 y no tiene cabida habitualmente en las orquestas sinfónicas. En estos días, uno de los hombres que más ha dignificado y difundido el valor del ingenio de Adolph Sax, recibe el justo galardón de la Academia de las Artes y las Ciencias de la Música.

Merece Pedro Iturralde esa distinción, y la doble página que le dedica el diario IDEAL y el grupo Vocento (lunes 16 de abril de 2007), en la que el maestro navarro afirma que tiraba el saxo sobre la cama por frustración para volver después a hacer las paces. También asegura que fue autodidacta, confirmando que la música es, en esencia, un trabajo en soledad, basado en la repetición de escalas, armonías y pasajes durante horas.

Estoy seguro que la vocación musical se aprende, definida por algo más que los genes. Siempre hay un antecedente en la familia que enciende esa chispa. Su padre, clarinetista, y el inicio de esa vocación: el sonido de habaneras, valses y pasodobles en la noche de un pueblecito perdido del norte. No he visto mayor ilusión que los niños que comienzan con el saxofón. Quizá por su estética y las connotaciones que vienen asociadas al mundo del jazz, crea ese entusiasmo en los que aún no lo conocen. Un instrumento que a Pedro Iturralde le ayudó a curar una bronconeumonía, al desarrollar su capacidad torácica.

Iturralde es culpable de la venta de miles de saxos tenores en España, por contagiar la emoción con su sonido, y por supuesto de la dignificación del saxofón en la música de cámara en nuestro país. Catedrático del Conservatorio Superior de Madrid y director de formaciones contemporáneas de referencia, supo trasladar mejor que nadie esa imagen de respeto que merecían los saxofonistas. Además, dio un paso más, desarrollando aquel mágico jazz junto a Tete Montoliu y otros pioneros. También inició los acercamientos al flamenco, en una historia que continuaron Jorge Pardo y Perico Sambeat como herederos directos. La seriedad de su trabajo y su amplia visión de la música es merecedora de todos los galardones.

El saxofón tiene muchas posibilidades expresivas. Como cualquier marginación, la que sufre este instrumento está motivada por el desconocimiento. Sólo gracias al esfuerzo de músicos como Iturralde mantiene la cabeza alta en los conservatorios españoles, aunque su sitio lo irá definiendo el propio avance de la enseñanza musical, que siempre es especialmente lento. El autor de “Pequeña Czarda”, una de sus obras más bellas que recrea la canción popular húngara, sigue siéndolo todo en su campo. Y aún se le puede escuchar en plena forma. Es agradable contemplar el paso del tiempo y sentir que estamos viviendo la historia en primera fila.

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